Aprendí que la madre es el timón de la familia cuando mi madre enfermó. Más tarde yo misma fui madre y descubrí que me había convertido en el centro de la familia y que, si yo estaba bien, todo estaba bien. Ahora vuelvo a tomar conciencia de esta realidad con mi suegra ingresada en el hospital.

Cuando la madre falta en casa deambulamos sin saber a dónde ir y registramos confusos los armarios de la cocina, nos vemos obligados a espabilar, a encontrar las cosas sin preguntar, a dejar de escurrir el bulto para que ella lo haga después, tenemos que limpiar siempre lo que ensuciamos.

Me parece que las mujeres tenemos tendencia a sobrecargarnos con el cuidado del hogar y de la familia. Creo que por dependencia al protagonismo que ejercemos cuando tenemos pequeños a nuestro cargo, algunas creamos dependencias a nosotras, a nuestros cuidados, a nuestra presencia. Hay un afán de control que proviene de la falta de autoestima que la sociedad patriarcal imprime en lo más profundo de cada mujer. Por no soltar el cetro de poder asumimos tareas que nos sobrecargan, nos negamos a delegar y a permitir que las cosas no se hagan a nuestra manera. La sociedad y los papeles que atribuye a las mujeres no ayuda mucho. Además, ahora nos obliga a tener dos trabajos, uno fuera y otro dentro de casa.

Esa sobrecarga junto con la represión, la falta de libertad, los embarazos y partos sin conciencia de nuestro propio cuidado y las crianzas intensivas en soledad. Vidas dedicadas en exclusiva a los demás. Sumado a las creencias desvalorizadoras, la rabia acumulada y el resentimiento por la violencia que toda niña y mujer soporta nos lleva a enfermar.

Mi madre tenía 70 años cuando sufrió un ictus que la tiene en una silla de ruedas, con pañal y casi sin conocer a su familia desde hace ya 10 años. Mi suegra, con poco más de 60, tiene pancreatitis, piedras en la vesícula y problemas cardiacos. Mis tías, y muchas de las mujeres de esta generación, han sufrido extirpaciones de vesícula, vaciados de todo su aparato reproductor, problemas en la matriz y/o viven atadas de por vida a una caja de pastillas para la tensión, el colesterol, el azúcar, la tiroides… Las farmacéuticas se frotan las manos cada vez que nace una niña.

He investigado sobre los problemas en la vesícula y he descubierto, además de que es una enfermedad de mujeres mayoritarimente, que tiene como causa principal la represión del enfado, de la ira y de la rabia, según explica la medicina china.

La rabia es una emoción prohibida para las mujeres. Nos enseñan a ser niñas “buenas”, dulces, complacientes, a callarnos, a reprimir nuestros deseos. ¿Hasta cuando vamos a seguir volcando nuestra inconformidad y nuestra ira sobre nuestros propios cuerpos?

Pero la rabia no desaparece reprimiéndola! Si existe es para algo, y no estoy hablando de violencia sino de ponernos en nuestro sitio. Es una emoción expansiva que bien canalizada nos lleva al movimiento, es una llamada a actuar para lograr lo que queremos, nos llena de energía, nos ayuda a poder pedir, reclamar y ponernos en nuestro lugar. Muchas mujeres tenemos miedo a expresar rabia y nos cuesta acatarla dentro de nosotras. He hablado con muchas mujeres sobre el tema y muchas no soportan la idea de verse pegando un puñetazo o gritando. No estoy hablando de convertirnos en personas iracundas ni de hacer daño a nadie. Hablo de ser capaces de detectar nuestra rabia cuando la sentimos y hacer algo con ella, sea dar unos puñetazos a una almohada o decir firmemente NO. Estamos de acuerdo en que la rabia es una emoción incómoda que no nos gusta y que sería deseable estar en un punto en el que apenas la sintamos, pero reprimirla es volcar violencia hacia nosotras. En la fase premenstrual del periodo solemos sentirla con más fuerza, en los textos de la Agenda que publiqué hace un tiempo explico cómo funciona y cómo canalizarla.

La otra cara de la rabia es la tristeza y mantenerse en ella mucho tiempo deriva en depresión. La energía de la tristeza es la contraria, nos inmoviliza, no queremos cambiar las cosas sino más bien escondernos y sentirnos víctimas. También tiene sentido, la tristeza nos invita a la introspección y a través de ella podemos darnos cuenta de lo que nos dolió. Y quién no guarda el dolor de no haber sido tratado con respeto en algún momento. Probablemente nadie, pero como mujeres hemos visto desde pequeñas que de algún modo, aunque no alcanzábamos a comprender por qué ni como nosotras éramos menos. Y al mismo tiempo sabíamos que teníamos la misma dignidad y merecíamos el mismo respeto que cualquiera. Ese conflicto genera rabia. Y, si para que te quieren y te acepten tienes que reprimirla, queda la enfermedad; es la forma que tiene el inconsciente de mostrar que algo no va bien para hacernos conscientes y para que podamos reaccionar.

Y yo me pregunto qué ocurre en los cuerpos de las mujeres. Veo a las mujeres de mediana edad por la calle y siento el dolor en sus cuerpos, percibo esa vida de sobrecarga en la que no se han permitido el descanso o la protesta ante una vida de servidumbre impuestas. Veo cuerpos rígidos, artríticos, pesados, con dificultades de movimiento, sin flexibilidad. No creo que la enfermedad no deba existir y tampoco afirmo que los hombres están muy sanos, pero los cuerpos de las mujeres arrastran un gran peso, continúan su quehacer a pesar de las llamadas de atención de su salud. ¿Quién cuida a las mujeres? ¿Cómo de enferma hay que estar para permitirse pedir cuidados? Nos cuesta ver nuestros límites y sentirnos merecedoras de amor y de cuidados. Mientras no seamos nosotras las que nos cuidemos, las que nos paremos, las que descansemos, las que pidamos, las que deleguemos, las dejemos las cosas sin hacer o las que gritemos ¡Basta! nadie lo hará.

Yo me ayudo de mi ciclo menstrual para darme cuenta y tomar acción ¿Cómo te cuidas cuando estás desbordada? Tu experiencia puede valernos a las demás. Si quieres, deja tu comentario.

Photo by chuttersnap on Unsplash

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Author: gansosmag

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