Texto: Antonia Peña

Ilustración: Rocío Araya

Boca abajo señora, y no se preocupe, que no va a dolerle. Relájese e intente no moverse.

La voz amable de la enfermera me tranquiliza, pero la postura del cuello me está matando. Le sonrío. Creo que tiene más miedo que yo. Ha tenido que dar mil veces gracias a Dios por no ser ella la que está tumbada.

El médico dice que tardará un buen rato, así que, como ya es costumbre en mí cuando quiero irme de un sitio, me invento una historia. Cierro los ojos. Busco en todos los archivos de mi cerebro algo divertido, dinámico y con final feliz, tarea difícil cuando mi teta derecha está metida por un agujero esperando a ser agujereada, pero aun así hago lo que puedo, y con muy buenos resultados (no compartiré aquí el argumento por una cuestión de pudor).

A lo lejos, las palabras del doctor resuenan en mis oídos como una música de fondo: necesitaré otro ” disparo”. Esa aguja no, la otra, la negra, la más larga. Todos los sistemas de alarma de mi cuerpo se activan. Abro los ojos. Entonces las veo ahí, delante de mí. Son dos fotos de tamaño póster estratégicamente colocadas en la pared para distraer la atención de las pacientes durante la intervención. Paciente. Nunca me gustó ese término .

La de la izquierda, una idílica cascada junto a una alfombra de lo que parecen ser buganvillas de color naranja no me inspira demasiado, pero la otra, sin ser nada del otro mundo, me transporta. No las flores amarillas, preciosas. No el cielo, de un azul nítido, sosegado. No. Son los molinos que, perfectamente ordenados en hilera, me sonríen. Otro disparo, Mercedes, que no acabo de verlo claro. No se mueva.

Recuerdo entonces esa vieja historia sobre molinos y gigantes, esa en la que un personaje al que todos llaman loco ve cosas que parecen no ser las que tiene delante. Sentirá un pinchacillo y un leve escozor. Mi mente empieza entonces a divagar sobre cuestiones como la percepción, la realidad y la ilusión . ¿Puede ser que el mundo esté equivocado y aquello que se alzaba delante de Don Quijote fueran gigantes y no molinos?

¿Y si hay otra forma de ver las cosas?

Ahora ya no oigo la voz del médico, ni siquiera estoy ya en esta habitación, aunque parece que mi cuerpo sigue ahí. No existe el tiempo, ni mi teta. No existe el miedo.

Un leve hormigueo recorre mi piel y mis células parecen preguntarme si he decidido ya lo que quiero que ocurra. No sé contestar. Simplemente me dejo llevar por la sensación de ubicuidad que me regala este momento. Me abandono a ese estado en el que no pasa nada, a este instante, el único que tengo.

No soy el cuerpo que habito. Y desde ahí, desde ese lugar de difícil acceso, puedo abandonar todas las ideas que tenía sobre él… y puedo al fin amarlo.

Que no se me olvide dar las gracias al doctor antes de irme.

Dicen las estadísticas que una de cada 4 mujeres sufriremos cáncer de mama. ¿Qué nos ocurre a las mujeres? ¿Dónde está ese interruptor que hace que, una vez pulsado, sintamos una absoluta separación entre lo que realmente somos y lo q manifestamos en nuestra vida? Y, ¿por qué se materializa esto en patologías de todo tipo?

Mujeres, revisemos nuestra vida. Hagamos lo que queramos hacer, digamos lo que queramos decir, estemos con quien queramos estar, porque al fin y al cabo, el secreto para una buena salud es la coherencia.

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