Resulta curioso que un sector tradicionalmente femenino como es el textil está capitaneado por hombres. Ahora reflexionaré por qué.

He encontrado datos de 2017 y el ranking de los más ricos del mundo de la moda tiene este orden:

  • Amancio Ortega. Fundador de Inditex (Zara y compañía)
  • Bernard Arnault. CEO y presidente de LVMH (70 marcas entre las que se encuentran Louis Vuitton y Sephora)
  • Phil Knight. Cofundador de NIKE.
  • Stefan Persson. Fundador de H&M.
  • Leonardo de Vecchio. El hombre detrás de la marca de gafas Luxottica.
  • Tadashi. Fundador de la cadena de moda japonesa Fast Retailing.
  • Francois Pinault. Principal accionista de Kering y Pinault.
  • Alain & Gerard Wertheimer. Propietarios de Chanel, entre otras marcas.
  • Galen Weston. Propietario de Selfridges group (incluye Brown Tomas, Bijenkorf y Selfridges)
  • Heinrich Deichmann. Propietario de la cadena de calzado Deichmann.

Estos 10 nombres son mil millonarios y la mayor parte de las acciones de sus empresas son propiedad de fondos de inversión, sociedades de capital de riesgo e inversores privados. Esto hace que la ingente cantidad de dinero que mueve la moda siga en manos de los hombres más ricos del mundo.

Lo que siempre me pregunto es cómo es posible que siendo las mujeres las que más se interesan por la moda y las que más la consumen y sustentan la industria (el 80% de la mano de obra del sector textil) no haya un número significativo de mujeres beneficiándose de la riqueza que genera. Creo que debería haber más dinero en manos de mujeres porque, al fin y al cabo, el dinero está moviendo el mundo de hoy (más que los gobiernos y las leyes); el capital gobierna el mundo de hoy.

La pregunta más interesante es cómo se logra mantener una situación así en pleno siglo XXI. ¿Qué tienen estos hombres que no tengan al menos la misma cantidad de mujeres?

Cada día, miles de mujeres en países del continente asiático dejan solos a sus hijos en casa para ir a coser ropa a las fábricas en régimen de semi-esclavitud. Estas mujeres forman parte de uno de los colectivos más vulnerables de sus sociedades. Lo que las hace tan vulnerables es la falta de recursos, de información, de educación, de libertades y de derechos. La pobreza las deja sin margen de maniobra. Y al menos tienen el recurso de saber coser, porque si no para muchas el siguiente modo de subsistir sería la prostitución.

No saber leer, conducir un coche, no tener el dinero para hacerlo ni una educación en cuanto a planificación familiar u organización de la economía doméstica, no tener libertad para escoger marido, ni leyes que dignifiquen sus vidas… es lo que las mantiene en un bucle generación tras generación.

Esto ocurre al otro lado del mundo. Nosotras, mujeres educadas y con recursos nacidas en occidente, no deberíamos tener problema para estar en lo más alto. Nosotras tenemos más derechos, recursos y herramientas, tenemos educación y libertad. Pero, aunque hemos mejorado mucho, los movimientos son lentos.

Quizá no haya mujeres educadas en el mundo empresarial, quizá (o más bien seguro) no tengamos las creencias ni los ejemplos que digan que podemos lograrlo y que somos merecedoras de conseguir lo que nos propongamos. Crecemos viendo películas donde la máxima aspiración de una mujer es enamorarse; sufrimos más que nadie el síndrome del impostor a la hora de lanzarnos con un proyecto; nos sentimos inseguras y nos da miedo decir lo que pensamos en muchas ocasiones porque fuimos educadas en evitar el conflicto. Lo que son limitaciones reales y materiales en los países de oriente son limitaciones psicológicas e interiorizadas en occidente.

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