Texto: María Sabroso
Sexóloga y Psicoterapeuta En “Espacio Karezza”
Foto: María Zafra

Las consultas de los profesionales están llenas de mujeres y hombres insatisfechos con sus relaciones sexuales. Unos se quejan de poca frecuencia, otras de lo incómodo que les resulta tener que enfrentar sus encuentros íntimos casi como una obligación. Aquellos que no tienen pareja anhelan el contacto de la piel, el deseo satisfecho y la calidez del amor diario. Los que la tienen y es de larga duración fantasean con la novedad de los comienzos, con los escarceos ocultos de un amante o con una actividad sexual mucho más pasional y dinámica.

La cuestión es que nadie parece estar suficientemente satisfecho o satisfecha y las consultas de los profesionales del ramo se encuentran llenas de personas que viven su sexualidad con dificultad o con sentimientos de estar “perdiéndose algo”.

En mi trabajo, abogamos por dar una vuelta de tuerca a toda esta cuestión que forma parte de las conversaciones de los bares, entre amigos e incluso nutre bromas entre colegas.

Todos y todas hablamos de sexo. ¿Tenemos poca actividad sexual? ¿Nos satisface realmente la que tenemos? ¿Nos permitimos vivir lo que de verdad nos gustaría y añoramos? ¿Hasta qué punto ofrecemos el tiempo y la presencia que requiere una actividad que nos nutre la vida hasta el fin de nuestros días?

Deseamos vivir en la pasión y el deseo, experimentar y disfrutar una sexualidad placentera, pero acudimos al sexo cansados y saturados de actividades del día, con una mochila de preocupaciones en la mente y con mil obstáculos para estar presentes. Y el estar en presencia y la dedicación plena a la actividad que vivimos con la piel. Pretendemos tener buen sexo después de un largo día de trabajo, de obligaciones y con mucho cansancio encima.

Desde nuestra forma de trabajar creemos imprescindible ritualizar el encuentro sexual, que muchas veces es también amoroso y siempre, siempre, es un evento energético en el que ocurren muchas cosas. Ritualizar significa preparar, dar su sitio. Organizar el espacio, el olor, el tiempo del que disponemos. Respirar y dedicar su tiempo al encuentro no significa renunciar a lo espontáneo, significa dar lugar a que pase, desde la calma y la dicha del disfrute por llegar, el placer de mi cuerpo con el tuyo.

Preparamos las vacaciones con intensidad, preparamos una cena para los amigos ¿y si preparamos que nos vamos a gozar un rato y eso merece la pena? Menos queja y más ocuparse de lo importante, sería la premisa.

Buen placer, muchas caricias!

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