Esmeraldas, zafiros y perlas. Mujeres en la historia o de cómo reconocer a las otras y heredar un collar infinito.

De las muchas mujeres que nombro a veces y que alguna recoge y pide saber más, hoy le ha tocado a Hildegarda. Esta mujer nació en Bermershein (Alemania) en 1098, se crio en el monasterio Disibodenberg donde Guiditta de Spanhein cuidó de su educación y dónde pasó parte de su vida hasta fundar el monasterio de Rupetsberg en 1150, donde muere en 1179.

La importancia de reconocerse en una genealogía cultural de origen femenino sana la mente y el cuerpo, como un collar de esmeraldas, zafiros y perlas colgando del cuello. La mente sana, cansada de no reconocerse en casi nada de lo estudiado y leído y el cuerpo se despierta de su ausencia, de estar desconectado de los saberes que le son propios, de sus intuiciones. Esto que digo, otras lo han dicho de otro modo antes que yo. Entre ellas, Hildegarda de Bingen1. Siempre es así, siempre hay un antes, preciosa precedencia de lo otro que es el continuum materno. Este reconocimiento, que es también una manera de estar en el mundo y de hacer política, produce desplazamientos que cambian mi relación con lo real, con el mundo, con las otras y los otros.

Y así me lo han comunicado también algunas mujeres con las que he compartido espacios de libertad femenina2. Porque hay muchas maneras de enseñar y de contar lo que se sabe, el pensamiento feminista lo muestra, pero a mí la que me interesa es la que ha lanzado con gracia la historia y el pensamiento de las mujeres bajo el sentido libre de la diferencia femenina. Un sentido que activa las zonas de contacto entre el pasado y el presente mostrando la riqueza de la experiencia de ser mujer en el mundo. Así, siguiendo a otras, me muevo guiada desde hace tiempo por la aurora del pensamiento de la diferencia sexual.

Compositora excepcional, poeta, médica, política, predicadora, directora y fundadora de comunidades femeninas, su ejemplo de autoridad femenina recorrió la Europa de la Alta Edad media y puede servirnos hoy para reconocernos entre mujeres saberes y gracia. 
Hildegarda creía en la trasmisión genealógica del saber de una generación de mujeres a otra y, para desarrollar esta función, las mujeres en posición de gobierno, abadesas como ella, debían garantizar esa continuidad. Así lo hicieron también más tarde mujeres como Beatriz de Nazaret, Hadewijch de Amberes, Mathilde de Mandeburgo, Margarita de Oig y Margarita Porete y pienso que lo hacen también en la actualidad otras mujeres que han recogido esa responsabilidad de producir o trasmitir el saber de otras.

El pensamiento de Hildegarda no reconoce oposición entre espíritu y materia, entre alma y cuerpo y su filosofía de vida, trasmitida en sus visiones, muestra la correspondencia entre cielo y tierra, los lazos que unen lo divino, lo humano, la naturaleza y el círculo en continuidad con un pensamiento anterior que comprende la vida sin oposición ni interrupciones. Los minuciosos dibujos que acompañan sus obras y que se realizaron en sus monasterios muestran su visión femenina del mundo, su concepción holística de la vida y su amor por el cuerpo femenino. Un cuerpo al que reconoce belleza y sabiduría.

Vestida para encontrarme contigo

Algunas miniaturas que ilustran el Liber Divinorum Operum muestran junto con su epistolario, que Hildegarda veneró el cuerpo femenino. Son varias las cartas en las que Hildegarda responde a aquellas que le escriben desde otros monasterios para saber si es cierto lo que se rumorea y cuenta: que las monjas de sus monasterios se visten de fiesta adornadas con joyas, diademas y telas coloridas entre las que destaca el color blanco. La descripción de este estado monacal festivo, que Hildegarda también nos ha dejado en sus poemas, no renuncia a la belleza del cuerpo. En las miniaturas de esa obra, las mujeres aparecen retratadas con pendientes y collares, vestidas no con moderación precisamente y donde la misma Hildegarda aparece representada en las diez tablillas que forma parte del manuscrito envuelta en vestidos, velos y mantos de distintos colores.

Hildegarda conocía las doctrinas herméticas conocidas a través del gnosticismo y el pensamiento alquímico. Doctrinas que señalaban la igualdad de los principios masculino y femenino en la generación. De la teoría de los sexos, defendió la teoría de la complementariedad que sostiene que mujeres y hombres son significativamente diferentes y que son iguales, defendida también por autoras como Herralda de Hohenbourg. Pero de Herralda o de otras, en el próximo número de esta revista que hoy presentamos felices, vestidas de alegría, con esmeraldas, zafiros y perlas.

Texto: Nieves Muriel 
Ilustración: Lindy Longhurst 
Fotografía: Marcela Castro

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