Hoy compartimos el artículo completo que se publicó en el primer número de la revista Gansos Salvajes, que corresponde a crítica de arte. Escrito por Mónica Collado Cañas.

Hace unos diez años, la madre de una amiga me regaló un libro de la editorial Taschen, un pequeño monográfico sobre la obra del pintor Balthus. Recuerdo que lo hojeé con curiosidad y lo cerré con un sentimiento no bien identificado de desagrado. Ahora, como resultado de una mudanza, ha aparecido de nuevo ese libro de Balthus. Lo he vuelto a hojear, me he reencontrado con las láminas a todo color, y por fin he sido capaz de nombrar aquel sentimiento que quedó años atrás en mi inconsciente perezoso: repugnancia.

Me he empezado a hacer preguntas, en cascada. No hay nada mejor que esta sensación de extrañeza que no puedes eludir para que la mente empiece a funcionar: ¿Por qué me regaló este libro la madre de mi amiga? ¿Sería porque Balthus era belga, como ella? No, Balthus era francés. ¿Sería por alguna conversación que tuvimos? Aunque no me puedo fiar de mi memoria, estoy casi segura de que nunca hablamos de pintura. ¿Sería por algo relacionado con los gatos, ya que muchas de las pinturas de Balthus incluyen gatos? Ni la madre de mi amiga tenía gatos, ni yo tampoco. ¿Por qué sería entonces? No puedo dejar de pensar que fue por casualidad, porque tuvo la oportunidad de comprar el libro en alguna exposición, un libro que luego consideró adecuado como regalo para la amiga de su hija. De mujer a mujer. De mujer culta a mujer culta, añadiría ella. Exacto. Toda una escena tópica de la clase media culturizada europea, en la que están integradas cada vez más mujeres. Pero hay algo en esta escena que chirría: todas las pinturas de Balthus (al menos las que están en ese volumen monográfico de Tashen) representan a niñas, -púberes o prepúberes-, en actitudes claramente sexuales. Y en muchas, los gestos de otros integrantes de la escena, vinculan esa sexualidad a la violencia, dando como resultado un aire sádico a todo el conjunto.

Pero quizá lo peor de todo sean las miradas y las poses de las niñas: sometidas, alienadas, ajenas de sí, como sin voluntad. No son sujetos por derecho propio; el pintor, de forma intencionada, ha vaciado de subjetividad a esas niñas. A veces me parece que en esos cuadros tienen más entidad los dichosos gatos o los muebles que esas niñas lánguidas, desmadejadas, expuestas. Es una biblia en imágenes que resume siglos de la díada Mujer y Complacencia. El pintor las quiere vulnerables y serviciales y su trazo las convierte en un capricho para la mirada, una invitación al abuso.

Balthus afirmaba: “Las niñas son para mí sencillamente ángeles, y en tal sentido concibo su inocente impudor propio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro lado”. Palabras que ratificaban sus amistades y seguidores, como Camus, que declaró: “No es el crimen lo que interesa, sino la pureza.” Cuesta creer estas aseveraciones cuando se observa una pintura como La lección de guitarra, donde una escena de maltrato sádico, reflejado por el pintor destacando los aspectos más morbosos, sigue siendo descrita por la crítica como una escena de amor lésbico. ¿Amor? ¿Lésbico? Por cierto, que a propósito de este cuadro escribió Cristina Peri Rossi su poema Así nace el fascismo, único testimonio disonante que termina con los versos: Así sueñan los hombres a las mujeres. / Así nace el fascismo.

La pregunta entonces es: ¿cómo puedo asumir como mujer la admiración que se tiene por ese pintor consagrado por el estatu quo de la cultura occidental? ¿Cómo de ciegas estamos las mujeres para no rechazar o –al menos- reconocernos a nosotras mismas que ese arte hecho por hombres y expuesto en los mejores museos del mundo atenta contra nuestra entidad, nuestra integridad y nuestra imagen? Y creo que debemos ir más allá:¿cómo podemos asumir como personas que ese arte fruto (¿inconsciente?) del dolor, la represión, el miedo o el trauma siga siendo analizado desde una perspectiva exclusivamente estética, sin exigirnos y sin exigir a la sociedad que afronte de una vez sus miserias, en vez de ensalzarlas en los museos? No sé hablar ni leer francés, de modo que los comentarios que acompañan a las láminas del libro se me escapan. No importa, hay bastante bibliografía sobre Balthus en internet: hijo de un eminente historiador de arte y de una de las musas de Rilke, él y su hermano inspiraron a Jean Cocteau para escribir su novela Les Enfants Terribles. Su hermano mayor, Pierre Klossowski, fue un filósofo influido por los escritos del Marqués de Sade, lo que dibuja un panorama intrigante de la familia. ¿Qué experiencias llevaron a los hermanos Klossowski a integrar el sadismo en su concepción del mundo? Sospecho que Tashen sigue la línea ultra-esteticista que apadrinó Oscar Wilde y desvincula rotundamente arte y moral. Por eso hace referencias a las fotografías que Lewis Carroll hizo de la pequeña Liddell, y habla más de la composición pictórica que del contenido en sí. Conste que no quiero hacer aquí un juicio moral. Quiero llamar la atención sobre la forma en que las mujeres hemos sido integradas en la culturadominante (asumiéndola sin cuestionarla) y quiero hacer un juicio psicológico. El juicio que la crítica estética se hanegado a hacer durante siglos, sobre todo, los últimos dos siglos. ¿Por qué? Porque hacer una crítica desde la perspectiva psicológica nos llevaría directamente a la biografía del artista, y la biografía del emisor –como muy bien señala Alice Miller- es el tema tabú del arte occidental. Porque una perspectiva psicológica revelaría lo que siglos de sesuda crítica estética no puede ocultar: que Balthus, igual que Carroll y que tantos otros artistas, eran personas psicológicamente contrahechas, quizá pedófilos, quizá sádicos, quizá reprimidos sexuales incapaces de tener una relación sana con las mujeres. Con mujeres adultas, autónomas y dueñas de sí mismas.

En estos días he leído bastantes artículos acerca de Balthus, publicados en los más variopintos periódicos de edición digital. Todos estaban escritos por hombres, y todos coincidían en rechazar el calificativo de pederasta, que se le ha aplicado a Balthus profusamente. Uno decía literalmente: “Qué enorme estupidez, qué decadencia, condenar a Balthus al voyeurismo, a la pederastia formal.” Repito que el juicio que hago al ver las pinturas de Balthus no es un juicio moral. No tiene que ver con la decencia o no del desnudo. En ese sentido, no hay nada más bello y moral que la mirada de la Maja desnuda de Goya: fuerza, orgullo y plenitud. Y si se me apura, tampoco tiene que ver con el hecho de que sean niñas. Sorolla pintó muchos niños desnudos en la playa, bañándose, y no he oído nunca que a Sorolla se le haya llamado pederasta o inmoral. Tiene que ver con el aire cargado y morboso de las escenas, esa conjunción –auspiciada por Bataille- de erotismo y muerte. Y claro, es entonces cuando se cae en la cuenta: ¡Pero si son niñas! Son niñas siendo abusadas, –sólo hay que ver algunas poses para darse cuenta de eso- que nos remiten al propio espíritu abusado del artista, a la forma que ha tenido de aprender el mundo, donde posiblemente se le enseñó que el existir es una contingencia que no puede escapar a la unión del sexo y la violencia.

Pero nuestra cultura es descendiente directa de las ideas decimonónicas, y el artista maldito sigue ejerciendo su erotismo intelectual, al que parece que no pueden escapar tampoco los críticos modernos. Balthus y su cohorte de dramaturgos, pintores, filósofos y estetas (Breton, Picasso, Man Ray, Artaud, Derain, Miró, Giacometti) siguen estando en el Olimpo de la cultura, con la armadura del mito dispuesta sobre sus viejos pechos. Y nosotros heredamos los frutos podridos de esa concepción del universo, que niega la autoindagación y prefiere la expresión directa de las deformidades psicológicas. El peligro de esta cultura entonces es que normaliza y valida formas profundamente patológicas e inventa continuamente excusas intelectuales para no afrontar la verdad. Por eso mi primera reacción al ver las pinturas de Balthus fue la aceptación. La aceptación de su obra como algo incuestionable, ajeno y válido.

¿Qué patente de corso tienen el arte y los artistas para estar situados más allá de todo juicio, a menos que sea estético? ¿Por qué nadie nos animó –a la madre de mi amiga y a mí- a tener opinión sobre el arte también como mujeres?

Comprendo que este es un tema controvertido, en la encrucijada de la libertad de expresión, el moralismo decadente y la simpleza de llegar a pensar en el arte como algo meramente educativo, donde una perspectiva consecuencialista podría afirmar que el receptor desarrollará una conducta inmoral al salir de una exposición de Balthus. Esto no va de censuras, va de decir la verdad, desmitificar, y señalar al emperador desnudo, cuando es verdad que va desnudo, creyendo sin embargo que lleva el vestido más caro del mundo. Y va de que soy una mujer mirando esos cuadros, y no puedo ni quiero evitarlo. Y va de que me gustaría que alguien me hubiera dicho que tenía licencia para disentir al ver esos cuadros, precisamente por ser mujer, sin ningún complejo.

La revista Gansos Salvajes, trata temas variados basados en la evidencia científica y en el impacto real de los hábitos que ha impuesto nuestro modelo de sociedad. Estamos comprometidas con la belleza, pero no a cualquier precio. Sólo usamos como modelos a mujeres reales de edades variadas, no usamos Photoshop para retocar su físico y siempre visten con ropa de tejidos orgánicos y sostenible.

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