Texto: Ana Aguilera

Amando nuestros cuerpos

Con la llegada del verano el cuerpo se siente libre, pleno, sentimos el calor, sudamos, disfrutamos de la brisa, de nadar en el mar o del fresquito nocturno y nos damos cuenta de su presencia. Nos damos cuenta de que a pesar de que lo descuidemos, lo olvidemos o incluso lo miremos mal -como si esos pelos no debieran de estar ahí, esas carnes allá tampoco, o esa falta de redondez en otro lado…-nuestro cuerpo es nuestra casa, no nos abandona y si escuchamos puede decirnos muchas, muchas cosas.
El cuerpo femenino en nuestra cultura está desde hace tanto tiempo tan manipulado que a veces resulta difícil como mujer volver a entablar una relación sana y auténtica con él. El verano es la época de mayor exposición en la que puede volverse aún más indispensable tener y mostrar el cuerpo que la sociedad nos demanda: delgado, depilado, bronceado en su justa medida, ni demasiado grande, ni demasiado pequeño, labios carnosos, pelos sedosos…ja,ja…para reirse o para llorar? Y entonces comienza la batalla: contra la celulitis -¿Quién inventaría eso?-, por “estilizar la silueta” -¿Qué somos?¿recortables?- por conseguir unas “piernas de seda”…uffff! mejor no seguimos…

Es cierto que a todas nos gusta sentirnos bellas. Pero la belleza. ¿Quién la define?

En las revistas o por internet podemos encontrar cientos de “trucos de belleza” ¿Es que es preciso hacer magia? ¿Tan mal nos vemos? Como veis, me hago muchas preguntas y cada una habrá de encontrar su respuesta. Pero existen muchas maneras de mirar nuestro cuerpo, de cuidar de él, de mimarlo, de amarlo, de bendecirlo y de sacar a la luz su auténtica belleza.

Entre Mujeres

Al encuentro de nosotras mismas con las demás

Nuestro cuerpo femenino además de estar mal mirado, está solo. Curiosamente existen otras culturas en las que los cuerpos femeninos se encuentran y se cuidan entre ellos. Todas sabemos que los grupos de mujeres generan bienestar, apoyo mutuo. Para las que no lo hayan notado en carne propia, está ya comprobado científicamente que segregamos oxitocina, la hormona del amor, cuando nos juntamos un grupo de mujeres. Imaginaos si lo hiciésemos desnudas. Es lo que ocurre en los hammams o baños árabes, baños públicos donde las mujeres van a lavarse juntas pero no sólo a eso, sino que pasan la tarde o la mañana cuidándose y disfrutando de estar en sus cuerpos y mostrarse como su madre las trajo al mundo en compañía sólo femenina. Cuenta Casilda Rodrigáñez que en un viaje a Marruecos en los 90 visitó un hammam y fue tal la conmoción que no pudo ni darse cuenta de lo que allí sucedía. “Cuando entramos en el hammam nos quedamos petrificadas, como si estuviéramos en otro planeta, en una historia de ciencia- ficción: una sala grande y las mujeres sentadas en el suelo, en pequeños grupos, haciendo corrillos, desnudas, echándose agua unas a otras con cubos y palanganas, charlando, riendo, echándose henna, comiendo naranjas, ofreciéndose gajos y flores de azahar (era Semana Santa) unas a otras, de todas las edades, ancianas, menos ancianas, jóvenes, menos jóvenes, niñas, etc. Luego vimos que había tres salas más, la última con el pilón que recogía el chorro de agua hirviendo y otro pilón de agua fría. El sistema funcionaba a base de cubos de polietileno negros, se cogía agua caliente y se mezclaba con la fría hasta obtener la temperatura apetecida. Además de los cubos había pequeñas palanganas para coger agua de los cubos y echársela unas a otras por la cabeza y por el cuerpo.” “Nunca había visto un tipo de mujeres así, la manera de reírse, el brillo de sus ojos, la forma de hablarse unas a otras, la sensualidad, la complicidad, sobre todo la confianza, la confianza en colectivo, en grupo, como la de los cachorros de una camada de perros, arrebujad@s un@s con otr@s y que se dejan caer un@s encima de otr@s, como la cosa más obvia y natural del mundo. Todo era sorprendente, tanto la expresión de cada mujer, como la relación entre ellas; y lo más sorprendente de todo era la existencia del colectivo humano con ese grado de confianza y de intimidad, un grado de confianza y de intimidad que sólo se da en las relaciones habituales cotidianas. Recuerdo que nos quedamos petrificadas porque tuvimos la sensación de estar profanando una intimidad de la que éramos ajenas; pero al percatarse ellas de nuestro azoramiento, y de que estábamos a punto de dar media vuelta y salir corriendo, se acercaron para invitarnos a pasar y nos guiaron a unas taquillas donde dejar las ropas, y luego a los pilones donde se cogía el agua. No fue una invitación formal, sino un gesto de apertura para ser una más entre ellas, un gesto al que no supimos corresponder, pues no estábamos a la altura de las circunstancias. Para ellas éramos mujeres y eso bastaba para ser consideradas sus hermanas o compañeras.”

A pesar de que nos pudiera parecer que las mujeres del mundo árabe son más pudorosas que nosotras porque las vemos más tapadas por la calle, toda aquella que ha visitado un auténtico hammam se queda asombrada de esta naturalidad en la desnudez y de este compartir un cuidado de los cuerpos como nosotras no habíamos sentido desde que nos lavara nuestra madre en la más tierna infancia. Además estas mujeres van al hammam con sus hijos e hijas desde muy pequeñitos familiarizándolos así naturalmente con todo tipo de cuerpos reales.

Foto: María Zafra. Cedida por Hamman Granada

Baños de Mujeres: Un tiempo y un espacio sagrados

En muchas culturas existen espacios fuera de las casas para el cuidado del cuerpo y el alma, los baños japoneses, las saunas…Son lugares sagrados para cada cultura donde las personas se permiten un paréntesis en sus ajetreadas vidas para reencontrarse con ellas mismas y con sus familiares y vecinos en un ambiente donde se vienen abajo todas las apariencias de la vida cotidiana. Pero en esta ocasión queremos hablaros del hammam de las mujeres ya que nos parece un espacio de libertad femenina, un tiempo y espacio sagrados en el que las mujeres se dedican en cuerpo y alma a cuidarse a sí mismas y a las demás.

El origen de los hammams está en la ausencia de baños en los hogares de las familias. Sin embargo y aunque hoy ya existan baños en las casas (no en todas), el hammam no pierde vigencia porque como me cuenta Yasmina Fehmi, madre y estudiante de farmacia del norte de Tetuán, “lo que se hace en el Hammam y lo que allí se vive, no se puede hacer en casa”.

Se elige un día, se suele ir una vez a la semana, para darse un lavado en profundidad que incluye el uso de un jabón especial hecho a base de aceite de oliva y aceitunas, conocido como “jabón negro”, se frotan todo el cuerpo con él y se introducen en la habitación más caliente que es la que está más cercana al horno de madera. Cuando el jabón se derrite, se exfolia todo el cuerpo con un poderoso rascado con un guante de crin, para el que se cuenta con la ayuda de una madre, una hermana o amiga o de unas mujeres que trabajan allí y que por un módico precio te rascan de un modo, que si bien a las occidentales nos resulta exagerado, te deja la piel como la de un bebé. Además las mujeres aprovechan y se ponen henna o tintes, se depilan, se ponen mascarillas…Después del exfoliado también se ponen barro o henna en la piel…un completo tratamiento de belleza que puede acabar a la salida con una visita a la peluquería. Por lo que el día del Hammam se convierte en palabras de Yasmina en “el día de la transformación”. En “sueños en el umbral” la novela de Fatema Mernissi, hay una fragmento muy divertido en el que habla de esta transformación tal y como la ve una niña. “Las mujeres estaban horrorosas, con todas aquellas mascarillas de huevo, frutas y verduras…y las mejillas y las mandíbulas llenas de chorretones de color castaño. Pero cuando se preparaban para ir al hammam, se consideraba imprescindible ponerse lo más fea posible, en gran medida porque todas creían que cuanto más feas se pusieran antes de entrar en los baños, más sensacionalmente bellas saldrían.”

Un mundo de sensaciones, un viaje en el tiempo

Las mujeres llevan naranjas al hammam, en principio para hidratarse, pero eso le confiere al espacio un aroma inconfundible que es una mezcla de arcilla, henna , naranja y madera quemada. Es un mundo de sensaciones; el calor, el ruido del agua, las conversaciones… que te lleva hacia atrás en el tiempo. “Cuando voy al Hammam me siento de nuevo como una niña -me confiesa Yasmina, madre ya de dos hijas- con mis trenzas largas y dejándome lavar y peinar por mi madre, que aún lo sigue haciendo. El hammam tiene algo atemporal, no importa que fuera vivamos ya en un mundo de nuevas tecnologías e influencias de todo tipo, allí dentro, nada cambia”. Cuando Yasmina vuelve a su tierra, recibe de vez en cuando el regalo de ir a un Hammam más exclusivo en los que la propina cuesta más que el servicio completo del hammam de barrio de toda la vida. Es otra experiencia, como ir a un Spa en nuestras ciudades, tienen hennas y barros de distintos aromas, te ofrecen tés, masajes y el hammam entero a tu disposición. Pero la auténtica experiencia del hammam se encuentra en el tiempo de paz que supone, en ese paréntesis que se le hace a la vida cotidiana, en el encuentro, en las confidencias.. “en ese tiempo para sí que las mujeres dilatan y que los hombres respetan haciéndose cargo de los niños porque saben que es bueno para toda la familia.”

Lo hablamos en el Hammam

Las tareas de una mujer no se acaban nunca. Por eso es tan importante parar el tiempo, hacernos un hueco, un paréntesis, una cita con nosotras mismas y con las que nos rodean. Según me cuenta Yasmina las mujeres se dicen unas a otras durante la semana, “eso lo hablamos en el Hammam, ya me cuentas..”. Como dice mi amiga Nieves Muriel, estudiosa del feminismo de la diferencia y poeta de Melilla, el Hammam es un espacio político, de libertad de las mujeres, donde fluyen las conversaciones de todo tipo entre las mujeres más dispares. Ella se comunica allí con mujeres que no hablan su mismo idioma, comparten otro a medias, pero se cuentan cosas, se escuchan. Para ella el Hammam es “un lugar de belleza, un lugar en el que puedes caminar desnuda como si estuviéses vestida, un lugar en el que ves cuantos tipos de tetas y cuantos tipos de vulvas existen, ves cuerpos paridos, cicatrices de cesáreas, cuerpos de mujeres mayores con toda su historia, como dice la filósofa italiana Luisa Muraro se ve “el cuerpo como un documento viviente”. En un hammam puedes ver cosas como “abuelas, madres e hijas cuidándose unas a otras, te puedes encontrar con mujeres generosas que se acercan y te peinan o te rascan o te dan un masaje y se siente la sororidad pero tampoco hay que idealizarlo todo, también he visto yo peleas y cubos volando, pero no es lo habitual y la mujer que regenta el Hammam se encarga de cortarlo rápidamente”.

La limpieza que te otorga el hammam no es sólo del cuerpo también hay algo espiritual en ese cuidado que se ofrecen las mujeres. Nieves me contó que una vez que estaba triste por un desengaño, el rascado con el guante de crin no sólo se llevó las células muertas de su piel, sino que le arrancó la pena, haciéndole llorar las lágrimas que era preciso derramar en aquel momento.

Foto: La piel de lagua. David Resino

Compartiendo y transformando la experiencia: “La piel del agua”

Son muchas las mujeres ajenas a esta cultura que han recibido con tanto agrado como asombro estas ceremonias. Así le ocurrió también a Lidia Rodríguez, directora de la compañía de teatro ‘Teatro en el Aire’ que visitó en Estambul varios baños y tuvo experiencias conmovedoras que quiso compartir, como sabe, a través del teatro de la experiencia. Lidia explica que mientras una mujer le lavaba le hablaba en turco como si ella le entendiera y ella sintió que sí, que esa comunicación iba más allá del idioma y que aquella mujer era como su madre. En el proceso de convertir esta experiencia en teatro y tras una investigación de tres años, se probó con grupos mixtos pero en seguida se hizo evidente que hacía falta un grupo sólo de mujeres para crear esa intimidad y esa atmósfera. “No funcionaba igual que como cuando estamos nosotras solas, que nos despojamos de todo miedo como de la ropa y nos abrimos como flores».

El resultado fue “La piel del agua”, un espectáculo de teatro sensorial y participativo donde entre 24 y 30 mujeres por función toman parte en todos los ritos de un hammam. Durante dos horas largas se participa en un ritual ancestral; un baño comunitario de mujeres a flor de piel, a corazón abierto, sin vergüenzas y explorando y recordando lo que se siente, lo que surge cuando juntas nos lavamos el cuerpo y el alma. Se trata así mismo de un homenaje al poder y el valor de las mujeres, “porque toda mujer que se adentra en la experiencia de volver al seno materno que representa la sala en penumbra es una mujer valiente”.

Teatro en el Aire es una compañía internacional (con actrices y actores de Chile, Cuba, España, Francia, Holanda y Venezuela) y que lleva ya más de una década investigando sobre el Rito y las tradiciones ancestrales a través de los sentidos y creando una dramaturgia contemporánea donde no existen “espectadores” sino invitados a una experiencia donde cada uno es el protagonista de lo que vive. En la piel del agua se pueden vivir muchas cosas un renacer, un encuentro, una escucha, una contemplación, una gran alegría de compartir…tantas como mujeres se adentren en ella. La obra ha sido un éxito durante los dos meses que se ha representado en Madrid y está lista para girar por otras ciudades de España este otoño. Parece que las mujeres estamos sedientas de vivir estas formas de recordar que nuestros cuerpos son sagrados y el placer de habitarlos, todo nuestro.

El regalo

Se me ocurre que hemos de mimarnos más de las formas más simples. Regalarnos momentos de cuidado y de compañía con otras mujeres. Podemos ir juntas a un Spa o baños árabes si existen en nuestra ciudad, y si la economía nos lo permite, pero también podemos organizar en nuestras casas reuniones con las amigas, las tías y mujeres de toda edad para cuidarnos, ponernos mascarillas, depilarnos, darnos masajes, lavarnos los pies unas a las otras…Recuerdo un momento en las últimas semanas de mi primer embarazo. Era verano. Fui a caminar con mi hermana y llegamos a casa cansadas y con los pies llenos de polvo y entonces mi hermana me lavó los pies. Tenía 30 años y hacía tanto que nadie me lavaba!… Sentí una emoción extraña que ahora recuerdo…No hace falta que seamos tan autosuficientes, ni tan perfectas, cuidémonos unas a las otras y riámonos de las tetas que cuelgan, los juanetes y las celulitis. Ellas también son nuestras compañeras en este viaje. Feliz Verano a nuestros cuerpos y almas cambiantes de mujer!

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3 Comentarios

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